El amor y el teatro

[Fragmentos del capítulo “Amor y arte” del Elogio del amor de Alain Badiou]

Dado que habla usted de teatro, quisiera abordar ese amor tan singular que no ha abandonado desde su infancia: el amor por el teatro. ¿Cuál es la naturaleza de ese amor indefectible que tiene usted por el teatro?

En mí, el amor por el teatro es un amor muy complicado, y absolutamente original. Probablemente sea más poderoso que el amor por la filosofía. El amor por la filosofía llegó mucho más tarde, más lenta y más difícilmente. Creo que lo que me fascinó en el teatro, cuando era joven y porque había estado en escena, es el sentimiento inmediato de que algo de la lengua y del poema, de manera casi inexplicable, está ligado al cuerpo. En el fondo, el teatro quizás ya era para mí una figura de lo que sería el amor más tarde, porque ese momento en que el pensamiento y el cuerpo son de algún modo indiscernibles. Están expuestos a lo otro de manera tal que uno no puede decir: “eso es un cuerpo” o “eso es una idea”. Hay una mezcla de los dos, una aprehensión del cuerpo por el lenguaje, exactamente como cuando se dice a alguien “te amo”: se lo decimos a él o a ella, vivos, ante nosotros, pero se dirige también a algo que no es reducible a esa presencia material, algo que está más allá y en ella, al mismo tiempo, absolutamente. Ahora bien, eso es el teatro y de una manera muy original: el teatro es el pensamiento como cuerpo, el-pensamiento-en-cuerpo. O, se podría añadir en otro sentido: el pensamiento una vez más. Porque, y lo sabemos, en el teatro hay repeticiones: “ Retomemos una vez más”, “volvamos a hacerlo una vez más”, etc., dice siempre el director de escena. El pensamiento no llega al cuerpo fácilmente. Es complicada la relación de un pensamiento con el espacio y con los gestos. Hace falta que a la vez sea inmediato y calculado. Y también es lo que sucede en el amor. El deseo es una potencia inmediata, pero el amor además pide cuidados, reanudaciones. El amor conoce el régimen de las repeticiones. “Dime otra vez que me amas”, y también muy a menudo: “dímelo mejor”. Y el deseo siempre recomienza. Bajo la cariciase puede escuchar, si está encantada por el amor, “¡Más! ¡Una vez más!”, punto en que la exigencia del gesto se sostiene por la insistencia de la palabra, de una declaración siempre nueva. Se sabe bien que en teatro la cuestión del juego amoroso es decisiva, y que todo el asunto está, justamente, en la declaración. Y es también porque hay ese teatro del amor, ese juego de amor y de azar, por lo que es tan poderoso, al menos para mí, el amor por el teatro.

[…]

En alguna parte, el poeta portugués Pessoa dice: “El amor es un pensamiento”. Es un enunciado muy paradójico (en apariencia) porque siempre se ha dicho que el amor es el cuerpo, es el deseo, es el afecto, es todo lo que precisamente no es la razón o el pensamiento. Y él dice: “El amor es un pensamiento”. Creo que tiene razón, pienso que el amor es un pensamiento y que la relación entre este pensamiento y el cuerpo es totalmente singular, y siempre está marcada, como lo decía Antoine Vitez, por una ineluctable violencia. Y nosotros experimentamos esa violencia en la vida. Es muy cierto que el amor puede hacer doblarse a nuestro cuerpo, inducir inmensos tormentos. El amor, se ve todos los días, no es ningún afluir largo y tranquilo. No se puede olvidar el número, espantoso después de todo, de los amores que conducen al suicidio o a la muerte. En el teatro, no es solamente, ni principalmente, el vodevil del sexo, o la galantería inocente. Es también la tragedia, la renuncia, el furor. La relación entre el teatro y el amor también es la exploración del abismo que separa a los sujetos, y la descripción de la fragilidad de este puente que el amor tiende entre dos soledades. Siempre es necesario volver a ello: ¿qué es un pensamiento que se expone como yendo y viniendo entre dos cuerpos sexuados? Al menos hay que decir, y es lo legitima tu cuestión precedente, que si no hubiera amor uno se tendría que preguntar de qué habla el teatro. Pues bien, el teatro, si no hubiera amor, hablaría (y ha hablado abundantemente) de la política. Entonces, digamos que el teatro es la política y el amor, y más generalmente, el entrecruzamiento de los dos. Por otra parte, esa es una de las posibles definicionesde la tragedia: decir que es el cruce de la política y el amor. Pero el amor por el teatro y el amor del teatro, es también (y muy fuertemente) el amor del amor, porque sin las historias de amor, sin la lucha de la libertad amorosa contra el contrato familiar, el teatro no es gran cosa. Tanto las comedias antiguas como las de Molière nos cuentan, de manera esencial, cómo unos jóvenes que se han encontrado por azar deben desbaratar la intriga del matrimonio arreglado por los padres. El conflicto teatral más corriente, el más explotado, es la lucha del amor azaroso contra la ley necesaria. Más finamente, es la lucha de los jóvenes, ayudados por los proletarios (esclavos y siervos), contra los viejos, ayudados por la Iglesia y el Estado. Ahora se me dirá: “La libertad ha ganado, no hay matrimonio arreglado, la pareja es una creación pura”. Pero, ello no es totalmente seguro. ¿La libertad, qué libertad exactamente? ¿A qué precio? Sí, es una verdadera pregunta: ¿qué precio ha pagado el amor por el aparente triunfo de su libertad?

En su amor por el teatro -porque es preciso recordar que usted ha vivido la vida de compañía de teatro, en medio de comediantes y de técnicos-, ¿es que no hay amor por lo colectivo, por una comunidad, por un conjunto? ¿No es el teatro portador de un amor que dependería del orden de la fraternidad?

Sí, ese amor existe, ¡por supuesto! El teatro es lo colectivo, es la forma estética de la fraternidad. Es por ello que yo sostendría que, en ese sentido, hay algo de comunista en cualquier teatro. Y entiendo aquí por “comunista” todo devenir que haga prevalecer el en-común sobre el egoísmo, la obra colectiva sobre el interés privado. Dicho sea de paso, el amor es comunista en este sentido, si se admite, como yo, que el verdadero sujeto de un amor es el devenir de la pareja y no la satisfacción de los individuos que la componen. Otra, una más, definición posible del amor: ¡el comunismo mínimo! Por volver al teatro, lo que me asombra es hasta qué punto la comunidad de una gira teatral es precaria. Pienso en esos momentos totalmente singulares, desgarradores, en que la comunidad se deshace: se ha hecho una gira, se ha vivido en conjunto durante un mes y medio y después, en un momento dado, uno se separa. El teatro es, igualmente, esta prueba de la separación. Hay una gran melancolía en esos momentos en que la fraternidad en el acto de interpretar y sus entornos se deshace. “Toma mi número de móvil. Llámame sin falta ¿eh?”: todos conocemos ese rito. Pero no se llamará, o no verdaderamente. Es el fin, uno se separa. Ahora bien, la cuestión de la separación es tan importante en el amor que casi se puede definir el amor como una exitosa lucha contra la separación. La comunidad amorosa es también precaria, y para mantenerla y desplegarlaes necesario mucho más que un número de teléfono.

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