Contra el amor

[Puede ser interesante discutir en el taller este texto relacionado con la “demolición de los lugares comunes del amor”]

Carlo Frabetti

Como todos los mitos, el amor se refugia en una bruma de ambigüedades que lo hace
dificil de analizar y, por tanto, de desmontar. Después de la autoconciencia, del cogito
ergo sum (o antes, para quienes proponen la alternativa patrior ergo sum), el amor es el
más íntimo e “inefable” de los sentimientos (de ahí que la literatura y el arte se pongan
el máximo empeño en expresarlo), sobre todo en su sentido más estricto de
enamoramiento.

Sin embargo, confiamos tanto en su universalidad que la expresión “estar enamorado”
se considera dotada de un significado preciso y se emplea recurrentemente, dando por
supuesta su inmediata comprensión. Esta es una de las muchas paradojas del amor:
todos saben lo que es, pero a la vez resulta dificilísimo no ya definirlo, sino tan siquiera
describirlo. En comparación conceptos tan abstrusos como felicidad o libertad parecen
sencillos.

Por eso no voy a partir de una definición del objeto impugnado, sino que intentaré que
la impugnación misma vaya, si no definiendo, al menos acorralando el mito para su
ulterior desarticulación (tarea delicadísima que cada cual tendrá que comprender por su
cuenta y riesgo).

LA AMISTAD COMO OPOSICIÓN

Normalmente (y con toda propiedad, como veremos) se reserva el término “amor” para
las relaciones familiares y parafamiliares. Se habla de amor entre padres e hijos, entre
esposos y entre parejas (que son protofomalias nucleares), estableciendo una clara
distinción entre esta clase de afecto y cl amistoso, hasta el punto de que los términos
“amor” y “amistad” se suelen utilizar como mutuamente excluyentes. Es frecuente decir
“sólo somos amigos” para desmentir una supuesta relación amorosa. Y el padre que le
dice a su hijo “me gustaría ser un amigo para ti” está expresando claramente que la
amistad no es algo intrínseco a la relación paternofilial típica, sino, en todo caso, algo a
conseguir como superación de la misma.

Otra gran paradoja del amor: se utiliza este término para aludir a dos clases de afecto -y
sólo a estas dos- que en principio parecen incompatibles: el afecto entre padres e hijos y
el afecto entre amantes, que el tabú del incesto separa rígidamente.

El psicoanálisis ha demostrado de forma concluyente la índole erótica del afecto filial, a
duras penas enmascarada por el más fuerte de los tabúes. Pero habría que empezar a
plantearse el aspecto recíproco de la cuestión: la índole filial del afecto erótico.

En el amor subyace el afecto compulsivo de recuperar ese “paraíso perdido” en el que la
madre era la prolongación del yo y su inagotable fuente de placer y seguridad. En este
sentido, el amor es siempre infantil y regresivo: se niega a aceptar la evidencia de la
separación irreversible, de la alteridad autónoma e inabarcable, por lo que está
plenamente justificado que se lo represente como un mamón blando y gordezuelo con
los ojos vendados.

LA IDEOLOGIA DE LA FAMILIA
Lo que llamamos amor es, básicamente, la fuerza de cohesión de las células familiares:
tiende a mantener unidas las ya existentes y a formar otras nuevas (toda pareja es
protocélula).

El exclusivismo y la posesividad típicas del amor se corresponden con la estructuración
familiar nuclear de la sociedad, basada en la pareja mas su eventual prole concebida
como isla afectivosexual y económica. La afectividad y la sexualidad se conforman en
el seno de la familia, y tienden a reproducirse.

Con el progresivo relajamiento de la moral cristiano-burguesa, el esquema matrimonial
y familiar se ha hecho más flexible en lo que a libertades formales se refiere, pero dista
mucho de haber sido superado (por el contrario, dicha flexibilización facilita su
supervivencia en una sociedad más permisiva). Aunque el matrimonio como institución
religiosa y social empieza a debilitarse (e incluso esto es muy relativo), su mito básico,
la pareja unida por el amor, conserva una vigencia casi universal.

El amor es la ideología de la familia, es decir, la ideología a secas internalizada a los
más profundos niveles y convertida en compulsión y mito primordiales. Las versiones
paganas actualizadas del mito pueden ser menos coercitivas que la versión cristiano-
burguesa, pero siguen expresando y transmitiendo la misma ideología.

Las presuntas actitudes progresistas o realistas frente al amor rara vez van más allá de
una mera puesta al día del mito (con lo que por cierto contribuyen a su perpetuación).
Del mismo modo que el matrimonio se flexibiliza oficialmente mediante el divorcio
(flexibilidad extraoficial siempre la ha tenido, especialmente para los varones), el amor,
para sobrevivir en esta época presuntamente racionalista y desmitificadora, renuncia a
sus pretensiones de absoluto y eternidad.

Pero no es una renuncia sincera: las edípicas ansias de una fuente de placer y seguridad
plena, incondicional, continua y exclusiva siguen latentes: sigue vivo el deseo de
anexionarse a otra persona (por algo se usa el término conquistar como sinónimo de
enamorar), de recuperar el terreno edénico en que la madre era la mullida fortaleza de
un ego de límites difusos. Liebe ist Heimweh: el amor es nostalgia, dicen irónicamente
los alemanes.

UN UNIVERSO PUERIL
Resumiendo, el amor es consecuencia y factor perpetuador del esquema familiar
nuclear, que a su vez es consecuencia y factor perpetuador de una sociedad basada en la
explotación y la competencia que induce a refugiarse en la familia o la pareja concebida
como trinchera, y congela la afectividad y la sexualidad en el estado infantil.

La etiología familiar de la enfermedad amorosa se manifiesta claramente en el más
común y lamentable de sus síntomas: los celos. Los celos y su nefasto cortejo
(posesividad, dependencia, ansiedad, agresividad, etc.) son consecuencia lógica de la
puerilidad del amor: cuando dos personas, al enamorarse, contraen el compromiso tácito
de satisfacer mutuamente sus ansias edípicas, es inevitable que se frustren o sientan
continuamente al borde de la frustración y del abandono, ya que el bebé interior
exacerbado por la furia amorosa exige una dedicación constante y exclusiva que en cl
fondo saben imposible. Este miedo fóbico al abandono, esta frustración sorda y
continua producida por el hecho de no ser omnipotente, omnipresente y omnisciente en
el universo del otro, se traduce en los celos.(…)

Los miembros de una pareja se someten mutuamente al más grosero de los engaños
(sólo concebible en la medida en que ambos desean ser engañados tanto o más que

engañar) y sujetos por la cadena de una dependencia neurótica, se convierten cada uno
en la bola de presidiario del otro.

Los enamorados firman con su sangre el siguiente contrato elíptico:

Tú vas a fingir que yo soy lo más importante para ti, el centro de tu universo, y yo
fingiré que tu eres el centro del mío, de este modo olvidaremos que desde que salimos
de la infancia, estamos irreversiblemente solos, cada uno confinado en el centro de su
propio universo… tú vas a fingir que yo soy para ti algo único e insustituible, que estás
conmigo precisamente porque soy yo, cuando en realidad mi identidad profunda es
desconocida e inasequible, y no soy más que uno entre los millones de actores que
podrían representar el mismo papel para ti, a cambio, yo fingiré que tú eres para mí algo
único e insustituible (cosa que me resultará tanto más fácil en la medida en que me
hagas creer que yo soy único e insustituible para ti), que estoy contigo precisamente
porque eres tú, etc.

ENGAÑO MUTUO
Mediante un mecanismo esquizofrénico ad hoc que merecería el más atento estudio de
los psicólogos, los dos actores se creen no sólo la farsa del otro, sino también la propia.
La única diferencia entre el seductor y el enamorado auténtico estriba en que el primero
sólo engaña al partner, mientras que el segundo también se engaña a sí mismo.

Tanto engaño mutuo sólo es concebible, por otra parte. en el marco de una mitología
sólidamente instaurada. Del mismo modo que la religión es una forma de amor al padre
(o sea, al principio de autoridad) deificado, el amor es una forma de religión, la
respuesta mítica al carácter inasequible e incognoscible de la alteridad. Si la religión es
una mitología destinada a conjurar el miedo a la muerte, el amor es una mitología
destinada a conjurar el miedo a la soledad.

Cabe plantearse la siguiente cuestión: puesto que mucha gente prescinde de los mitos
religiosos (1), pero casi nadie de los amorosos, ¿hay que deducir que el miedo a la
soledad es más intenso e irreductible que el miedo a la muerte? Probablemente la
explicación estriba en que la muerte propia es un fenómeno único, definitivo y que casi
todos ven como algo vago y remoto, algo que al igual que el sol no se deja mirar de
frente, como decía la Rochefoucald. No se experimenta la muerte, nos recuerda
Epicuro: cuando tú eres, la muerte no es, cuando la muerte es. tú ya no eres. La soledad
por el contrario es una experiencia frecuente por no decir continua y directa. La
necesidad de autoengañarse con respecto a la soledad es mucho más inmediata y
apremiante que la necesidad de autoengañarse con respecto a la muerte.

DEL TRAUMA A LA ALIENACION
Es absurdo pretender combatir el sistema actual sin oponerse a la familia nuclear
patriarcal. Y esto a su vez, implica desenmascarar el amor como mito paralizante, dejar
de considerarlo una especie de bello milagro y empezar a contemplar y tratarlo como un
trastorno afectivosexual de naturaleza ideológica. (…)

El terrible adagio del amor al odio no hay más que un paso, debería bastar para
despertar en el más ingenuo la sospecha de la morbosidad del amor. Amor y odio son las
dos caras de la moneda afectiva en curso, acuñada con una aleación rica en violencia,
miedo, mentira. Son las dos caras de la moneda de la incomunicación, y por eso están
tan próximos, es tan fácil pasar de uno a otro e incluso confundirlos. Si las personas

pudieran conocerse, comprenderse, colaborar, desarrollar la solidaridad y la simpatía
(en el sentido etimológico de sentir con), desaparecerían tanto el odio como su reverso,
su par dialéctico, el amor compulsivo. Y sólo habría amistad (2), más o menos íntima,
más o menos sexual, pero básicamente respetuosa de la identidad ajena, abierta, libre.

Hay que evitar la común falacia de pensar que los aspectos negativos de este amor
compulsivo a un paso del odio son defectos extrínsecos, accidentes aislables de una
hipotética esencia positiva del amor. La posesividad y la dependencia edípicas
engendran necesariamente celos, ansiedad y la frustración (o su intuida inevitabilidad)
engendra agresividad.

No es nada fácil combatir la arraigada tendencia a considerar el amor como algo cierto-
bueno-bello y empezar a enfrentarlo como una forma de alienación. La mayoría de la
gente contempla y vive el amor como algo superlativamente auténtico y personal,
expresión del núcleo mismo del ego y fuente primordial de las gratificaciones más
intensas y elevadas.

Y eso a pesar de que la evolución misma de los procesos amorosos se encarga de
desengañarnos, ya sea mediante una decepción brusca o un enfriamiento
gradual ,jalonado de decepciones menores. Pero muchos se niegan a ver el engaño
básico, tan inevitable e irreversible les parece la situación. Y de los que lo reconocen, la
mayoría lo atribuye a fallos personales o circunstanciales, resistiéndose a ver la falsedad
del planteamiento mismo.

E incluso entre los escépticos respecto al amor, la mayoría buscan sucedáneos más que
alternativas y en realidad lo mitifican aún más considerándolo algo demasiado bello
para ser verdad y trivializan otro tipo de experiencias eróticas (o buscan directamente lo
trivial a falta de otra cosa).

Estas formas de escepticismo, resignación o desengaño no se oponen a la mítica
amorosa sino que, por el contrario. la refuerzan en la medida en que desvirtúan las
causas de la frustración afectiva y desvían la subsiguiente agresividad de sus auténticos
objetivos: el propio mito del amor y la ideología que lo informa.

OTROS SENDEROS
Ahora bien, suponiendo que se admira el carácter neurótico y regresivo del amor,
¿cómo superarlo y con qué sustituirlo? Tal vez lo único que podamos hacer por el
momento sea someter a una enérgica y recelosa autocrítica nuestro concepto del amor y
nuestras vivencias afectivas, separando en lo posible los inevitables aspectos negativos
(posesividad, dependencia, mitificación, agresividad…) de los positivos (solidaridad,
simpatía, respeto a la identidad y a la autodeterminación ajenas…), esforzándonos por
combatir los primeros y potenciar los segundos.

Este mero esfuerzo desde luego no bastará para cambiar radicalmente nuestra estructura
afectiva pero es un primer paso, igual que el diagnóstico de una enfermedad es el primer
paso hacia su curación (o el segundo, primero hay que reconocer que se está enfermo).
Un primer paso a inscribir en la lucha por la transformación global de la sociedad,
condición previa de, o mejor dicho en relación dialéctica con una auténtica
transformación afectiva del individuo.

En cuanto a las posibles alternativas al amor tal como hoy se vive y entiende, sólo
podemos vislumbrarlas, ya que van ligadas a condiciones psicológicas y sociales

radicalmente distintas, pero parece lícito suponer y esperar que una potenciación de la
solidaridad, la comprensión, el respeto por la autonomía propia y ajena, junto con la
disminución de la posesividad y la agresividad, dará lugar a un tipo de relaciones
extrapolables de lo que hoy se entiende por una buena amistad, relaciones en las que el
sexo podrá jugar un papel más o menos explícito, más o menos importante, pero nunca
coercitivo.

Sólo podemos hacernos una idea muy vaga de tal situación afectiva, por la misma razón
que no podemos hacernos una idea clara de una sociedad libre, ya que ambas cosas,
afectividad no represiva y sociedad no represiva van indisolublemente unidas y se
determinan mutuamente.

En resumen, nuestra actual forma de concebir y sentir el amor constituye seguramente
el reducto más profundo y mejor protegido de la ideología internalizada. La lucha
contra la ideología dominante se libra en muchos frentes y uno de los más duros está en
lo más íntimo de nuestro ser, en el centro mismo de nuestra sensibilidad. Es algo
terrible, pero si no lo afrontamos, si nos negamos a ver que nuestro corazón es la sede
del búnker que el sistema ha construido dentro de cada uno de nosotros, habremos
perdido la batalla de antemano.

Como bien decía San Pablo, somos templos vivientes de la ideología (vaya disfrazada
de paloma o de mamoncillo alado), y mientras no expulsemos de nuestro interior tanto a
los mercaderes como a los sacerdotes y sobre todo a los dioses internalizados, no
empezaremos a ser libres.

Notas:

(1) No tanta en realidad. Muchos de los que creen prescindir de la religión se aferran a
una serie de mitos sustitutivos (seudocientíficos, morales, etc.) que si no conjuran el
miedo a la muerte, al menos alivian el miedo a la vida.

(2) En realidad habría que inventar una palabra nueva, pues las relaciones que pudieran
darse en una sociedad no represiva serian cualitativamente distintas a lo que hoy se da
Asociar estas relaciones nuevas e inconcebibles a lo que hoy llamamos amistad es una
aproximación simplista, meramente referencial, basada en el hecho de que la
autonomía, la apertura y otras características irrenunciables de cualquier relación no
represiva suelen darse más en las relaciones amistosas que en las amorosas.

1 pensamiento sobre “Contra el amor”

  1. Corre la enfermedad del amor, corre.

    Efectivamente, existe una concepción escéptica del amor basada en la sospecha racional sobre el amor considerado como un mito, una extravagancia, una fuerza regresiva. Esta concepción escéptica hace del amor una ilusión. Es la tradición pesimista de los moralistas, que invita a desconfiar del amor.

    Puedo estar de acuerdo en abandonar la concepción romántica del amor, entendida como fusión o consumación en el encuentro. Es innegable que ha inspirado obras de gran belleza artística y en muchas ocasiones ligando la fusión a la muerte. Son historias de amor que tienen la desventaja de no poder imbricarse en el mundo y el amor es algo que sucede en el mundo, aunque no se ajuste a las leyes y al cálculo del mundo.

    Tamboco puedo defender la concepción religiosa –ideológica- del amor, en la cual el amor se realiza exclusivamente en la creación de un universo familiar, conyugal y por lo tanto supremo.

    La idea del amor-amistad que se defiende en el texto, “más o menos íntimo”, “más o menos sexual”, está en la línea del amor que venden los sitios web de encuentros de internet. Se trata de disfrutar del amor, pero sin los riesgos del amor, todo calculado, todo asegurado, sin sufrimiento, sin azar, sin imprevisiones, sin peligros.

    Es el mercado del amor, donde se tiene a mano un escaparate de posibilidades, un desfile de pretendientes y como única tarea elegir lo mejor. ¿Pasa así en la vida? En el amor el encuentro entre dos subjetividades es un acontecimiento contingente, sorpresivo y aventurado.

    Existen diferencias esenciales entre el amor y la amistad. El amor puede tener los aspectos positivos de la amistad, pero en la amistad no se da el encuentro de los cuerpos. La amistad no necesita del abandono físico, de la desnudez de los cuerpo ni el cumplimiento del deseo sexual, que sí son fuerzas, pruebas del amor.

    El texto retrata la concepción aseguradora del amor de la que habla Alain Badiou en “Elogio del amor”: “En el fondo, ahí tenemos dos enemigos del amor: la fiabilidad del contrato asegurador y el disfrute de las satisfacciones limitadas”.

    Ver también: Del amor como artefacto (¿averiado?)

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