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En mi colección particular de camas o en una hipotética “Historia de la cama” no podría faltar la de Hugh Hefner, el fundador de Playboy, la revista para adultos más vendida del mundo. La filósofa Beatriz Preciado la define en su interesantísimo libro “Pornotopía” como “Cama farmapornográfica”. Playboy es la primera revista porno norteamericana difundida en quiosco en plena era de la guerra fría. Marylin Monroe apareció desnuda en la portada del primer número, en 1953. La pornografía se convierte en los años 50 en una cultura de masas y la masturbación en una dispositivo de producción de capital.

La cama es el punto central de la famosa Mansión Playboy y el habitáculo principal de Hugh Hefner.

“En medio de la interminable y reversible transformación de lo privado en público que caracterizaba el funcionamiento de la Mansión, la cama giratoria de Hefner era el dispositivo farmacopornográfico por excelencia. Dejando atrás su condición de mueble, la cama Playboy aspiraba a convertirse en hábitat, prótesis y centro de producción audiovisual. Con un diámetro de 2,6 metros, la cama de Hefner estaba dotada de un motor hidráulico interno que le permitía girar 360 grados en cualquier dirección y vibrar (bruscamente) cuando estaba detenida. La plataforma giratoria reposaba sobre el panel fijo en el que se habían acoplado, como si se tratara de una cabina aeroespacial, un máximo de conexiones multimedia. El respaldo de cuero servía a la vez de punto de apoyo y panel de control con el que maniobrar una radio, un aparato de televisión, un proyector de películas y un teléfono que permitía conectar tanto con el exterior como con la línea interna de la Mansión y de las oficinas Playboy. Gracias a una cámara de vídeo instalada en un trípode y dirigida hacia el área de la cama, Hefner podía filmar sus encuentros “privados”, tanto si eran de negocios como sexuales, una distinción que la cama y sus múltiples dispositivos técnicos de vigilancia y grabación deshacían con un ritmo equiparable al de su vibración. De este modo, al registro textual de encuentros sexuales que Hefner había comenzado en 1952, anotando detalladamente el quién, cómo, cuándo, así como las “posiciones” y “especialidades” con códigos que le permitían una posterior clasificación, se sumaba ahora un permanente registro audiovisual que arrojaba cientos de horas de grabación. La cama giratoria se había convertido en la plataforma de producción de un archivo multimedia de la vida sexual de su ocupante. Todos los materiales audiovisuales grabados tanto en la habitación de Hefner como en el resto de las habitaciones dotadas con sistema de vigilancia interna podían ser después visionados y editados por el propio Hefner en una sala de control audiovisual.” (Pornotopía, Beatriz Preciado).

Playboy no era sólo una revista de chicas con más o menos ropa, sino algo mucho más amplio, un inmenso proyecto arquitectónico y mediático que tenía por objeto la construcción de las “casas del placer” a escala global. Se proponía desplazar la casa heterosexual y familiar, núcleo de consumo y reproducción y proponer espacios domésticos masculinos, glamurosos, de soltería, consumo y producción de placer.

Aunque el imperio Playboy esté hoy en franca decadencia, no ha dejado de ejercer su influencia hasta la actualidad. Hoy nos encontramos que en las relaciones laborales, el trabajo, el ocio y el placer se hacen indiscernibles. Y no nos referimos a los métodos de Hefner para aumentar la eficacia de su negocio a través del uso de drogas y fiestas de sexo, que no son muy transferibles hoy. Lo que se ve reflejado en las directrices actuales del mundo del trabajo es la combinación de lo íntimo, los medios de comunicación y el plus de goce. El trabajador es cada vez más el actor de su propia vida, de la llamada “marca personal”. ¿Qué es real? ¿Qué es ficción? Ya no sabes dónde acaba el trabajo, no sabes cuándo estás trabajando y cuando no. La unidad de este trabajo sin límites es lo subjetivo y la concupiscencia en la forma mercancía.

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