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Soy lectora de Amélie Nothomb y selecciono cada una de sus novelas con la alegría de anticipar el placer seguro que me va a proporcionar su lectura. Devoro la brevedad de sus textos con la misma voracidad contagiosa de su escritura trasmite. No puedo dejar de identificarme con los temas recurrentes que trata una y otra vez en sus novelas: la oralidad, la voracidad, el hambre, la anorexia y la bulimia. Y disfruto con esa mezcla de humor hilarante, precisión desnuda y deseo voraz. Como se devora el chocolate y que la autora menciona a menudo y describe como aquello que le ha proporcionado el descubrimiento del placer, “la epifanía del yo”.  El chocolate se puede comer a la vez vorazmente y dosificado.

En “Una forma de vida” una carta inicia la novela y la trama se despliega a través de un intercambio epistolar. El punto de partida de esta autobiografía ficticia es una carta que la autora recibe de un militar estadounidense destinado a Irak pidiéndole ayuda y comprensión. Por la prensa conocemos que en su vida real la autora recibe un número abrumador de cartas de sus lectores y que es ingente el tiempo que dedica a contestar muchas de ellas. Sin querer desgranar la trama de la novela, que en su caso siempre guarda más de una sorpresa, el horror de la guerra ha provocado en el soldado el efecto paradójico de engordar increíblemente, llegando a un peso de 150 kilos y convirtiendo su obesidad en una forma de sabotaje y de resistencia a una situación existencial que rechaza.

Algunas reflexiones interesantes y personales que la autora introduce sobre la carta, el destinatario y la interlocución.

“Si seguimos mentalmente el recorrido de una carta, de un modo u otro no llegará a su destino. Hay que dejar que el destinatario haga su trabajo. La experiencia demuestra que ninguna misiva será recibida como imaginamos, así que mejor no imaginar nada.
Llevo mucho más tiempo siendo epistológrafa que escritora y probablemente no me habría convertido en escritora -en todo caso, no en esta escritora- si antes no hubiera sido una asidua epistológrafa. Desde los seis años, obligada por mis padres, le escribí una carta por semana a mi abuelo materno, un desconocido residente en Bélgica. Mi hermano y mi hermana mayores también fueron sometidos al mismo régimen. Cada uno tenía que llenar una hoja din A4 destinada a ese señor. Y él respondía una hoja a cada niño. “Cuéntale cómo te va en la escuela”, sugería mi madre. “No le interesará”, respondía yo. “Depende de cómo se lo cuentes”, explicaba ella.
Le di mil y una vueltas. Era una pesadilla peor que los deberes escolares. En lugar de la hoja en blanco, tenía que escribir frases susceptibles de interesar al abuelo lejano. Fue la única edad en la que experimenté la angustia de la página en blanco, pero duró los años de mi infancia, es decir, siglos.
“Coméntale lo que él te haya escrito”, me recomendó un día mi madre, que veía cómo me estaba consumiendo. Comentar significaba describir las opiniones de otro. De hecho, eso era lo que había mi abuelo: sus cartas comentaban las mías. Buena idea. Lo imité. Mis cartas comentaban sus comentarios. Y así sucesivamente. Era un diálogo extraño y vertiginoso, pero no exento de interés. La naturaleza del género epistolar me fue revelada: se trataba de un escrito dedicado a otra persona. Las novelas, los poemas, etc., eran escritos en los cuales el otro podía entrar. La carta, en cambio, no existía sin el otro y tenía como sentido y misión la epifanía del destinatario.
Del mismo modo que no basta escribir un libro para ser escritor, no basta escribir cartas para ser un epistológrafo. Muy a menudo recibo misivas en las cuales el destinatario ha olvidado o nunca supo que se dirigía a mí o a otra persona. Eso no son cartas. O bien escribo una carta a alguien y esa persona me envía una respuesta que no es una respuesta, no porque le haya hecho una pregunta, sino porque nada en sus opiniones indica que haya leído la mía. Eso no es una carta. Tener capacidad de interlocución no es algo que ocurra todos los días, es cierto; eso no quita que se puede aprender y que mucha gente ganaría haciéndolo.”

Maquetación 1

“Raros son los seres cuya compañía me resulta más agradable de lo que lo sería una carta -suponiendo, claro está, que poseyeran un mínimo de talento epistolar-. Para la mayoría de las personas, una constatación semejante constituye la confesión de una debilidad, de un déficit energético, de una incapacidad para enfrentarse a la realidad. “No te gustan las personas de verdad”, me han soltado en alguna ocasión. Me sublevo: ¿por qué los individuos deberían ser obligatoriamente más auténticos cuando los tienes delante de ti? ¿Por qué su verdad no iba a expresarse mejor, o simplemente de un modo diferente, en una misiva?
La única certeza es que eso depende de los seres en cuestión. Hay personas que ganan con el trato y otras que ganan al ser leídas. De todos modos, incluso cuando alguien me gusta hasta el punto de vivir con él, también necesito que me escriba: una relación no me parece completa si no conlleva una parte de correspondencia.
Hay personas a las que sólo conozco a través de las cartas. Es cierto que siento curiosidad por verlas, pero está lejos de ser indispensable. Y conocerlos no sería inofensivo. En eso la correspondencia nos remite a la importante cuestión literaria: ¿hay que conocer a los escritores?
No existe una respuesta porque existen demasiadas. Es incuestionable que algunos autores perjudican seriamente su obra. […] Y luego están esos autores a los nunca se te habría ocurrido leer si no los hubieras conocido, sin olvidar a los más numerosos, aquellos cuya presencia nos resulta tan indiferente como sus libros.
Con los corresponsales reina una idéntica ausencia de ley. Pero mi tendencia natural me empujaría a no conocerles, menos por prudencia que por esa razón sublimemente expresada en un prefacio proustiano: la lectura permite descubrir al otro conservando esa profundidad que sólo se tiene cuando estás solo”.

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