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“Recuerdas cómo te enamoraste de Elena. No había paz. Y ella se enamoró de ti. No podíais estar separados ni treinta segundos. Era un estado de plenitud. Os casasteis en Madrid. Una boda civil. Este baile constante en esta oscuridad constante. Os fuisteis de viaje de novios a Marruecos. ¿Por qué elegisteis Marruecos? Por exotismo, sin duda. Y sin embargo, no alcanzabas la plenitud sexual, o eso creías, creías que había un más allá que te estaba vedado. Hacías el amor con Elena y no la querías como amante. Al principio sí, pero luego ya no. Te seguía excitando, pero los orgasmos no eran feroces. El orgasmo es hijo del morbo, de la depravación inocente, de la perversión ingenua. El orgasmo necesita un labio con una mueca de placer dentro, una mirada corrompida, una voz transformada en vulgaridad y sordidez. El orgasmo necesita la sordidez, de allí viene. Todos los seres humanos somos hijos de ese momento. Había mucho amor. Pensaste que había que elegir, que no se podría tener todo. La comparabas con Elvira. Desde el primer momento. Siempre has comparado a las mujeres. En las diferencias entre ellas reside la plenitud. Cómo hablan. Cómo besan. Cómo se ríen. Cuánto miden. Cómo tienen el pelo. Cómo escriben, la calidad de sus letras. Cómo respiran. Cómo se duchan. Cómo se lavan el culo en la ducha. Cómo se ponen el sujetador. Cómo duermen. Cómo leen. Cómo se corren. Cómo se pintan. Cómo se cepillan los dientes. Cómo se ponen las bragas. Millones de diferencias. Todas son distintas. Saber ese millón de diferencias es el conocimiento, el verdadero conocimiento, el único que otorga la felicidad, la fuerza y la plenitud.

Ahora ves claro que el amor es de una densa irrealidad. Un producto emocional del capitalismo. El luminoso regalo […]”

Manuel Vilas. “El luminoso regalo”

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