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“¿Quién es el que amo? No lo sabréis jamás. Me miraréis a los ojos para descubrirlo y no veréis más que el fulgor del éxtasis. Yo lo encerraré para que nunca imaginéis quién es dentro de mi corazón, y lo meceré allí, silenciosamente, hora a hora, día a día, año a año. Os daré mis cantos, pero no os daré su nombre.

Él vive en mí como un muerto en su sepulcro, todo mío, lejos de la curiosidad, de la indiferencia y la maldad.”

Poemas de amor, 1926.

alfonsina2a

Maravillosa Storni, qué bien resuena su deseo de secreto, su resistencia a la destrucción del secreto individual. Una distancia retadora que permite lo íntimo preservado. Su fiereza me advierte del empuje actual cada vez más imperioso a decirlo todo, a contarlo todo y en todas partes. Porque el afán de exponerse, que en apariencia parece muy subjetivo, es más bien la privación de lo íntimo, la privatización de la intimidad.

Reclamar el derecho a lo oculto, que no quiere decir ocultar lo inconfesable, sino simplemente defender un lugar desde el cual poder sustraerse a la mirada del otro y de este modo poder mirarse a uno mismo. Y no necesariamente para desvelar algo, sino nada, es decir reconocer la propia opacidad. Y así poder relanzar la ensoñación de la persona amada una y otra vez.

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