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Confieso que temía ver la película “Amor” de Michael Haneke. Me resistía a dejarme arrastrar por un relato desgarrador sobre la vejez, la enfermedad y la muerte. Era el desánimo de asomarme a ese lugar incómodo que es la muerte y de la que, en nuestra sociedad, no queremos saber ni queremos hablar.

Y contrariamente a lo que esperaba y admitiendo que es una película que conmociona y no escamotea los aspectos más amargos de la realidad, estoy de acuerdo con el propio director, que lamenta que los medios de comunicación la hayan descrito como una película sobre la desolación: “Es una película sobre la pérdida, pero también lo es sobre el amor, sobre la capacidad de entrega”.

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Sobre el amor conyugal y la vejez no existen muchas referencias cinematográficas. Saraband de Ingmar Bergman, es una de ellas, aunque algo alejada de los planteamientos de Haneke. ¿Habrá que estar de acuerdo con Alain Badiou cuando dice que “… lo conyugal no ha inspirado prácticamente ninguna obra relevante y es algo que tampoco ha inspirado a los artistas”?

Pienso que existen referencias e importantes antecedentes literarios sobre la vejez en el matrimonio, la enfermedad, la muerte y el suicidio. La excepcional Carta a D. Historia de un amor de André Gorz es una larga carta de amor que el filósofo escribió a su esposa poco después de descubrir que estaba enferma. La carta es un ajuste de cuentas y un arrepentimiento: “¿Por qué estás tan poco presente en lo que he escrito si nuestra unión ha sido lo más importante de mi vida?” confiesa. El libro es una bellísima declaración de amor. Se suicidó junto a su esposa cuando ya el final era irremediable.

En Confesiones, Sandor Marai es el observador de su propio deterioro físico y el narrador de la enfermedad y muerte de su esposa. De manera descarnada describe los preparativos de su suicidio, la soledad y el transcurso de un tiempo que se le hace insorportable.

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Una escena resume la película “Amor”. La protagonista, ya en el rápido proceso de su enfermedad y con la movilidad muy limitada, pide a su marido que busque los álbumes con las fotografías que han ido acumulando a lo largo de los años. En la escena pasa las hojas de uno de los álbumes con una mezcla de nostalgia y violencia difícil de contener. Se detiene en una de las fotografías y dice algo inesperado y que contradice los gestos anteriores:

-¡Qué bonita!
¿Qué?
La vida, es tan larga.

Este es un momento luminoso, la expresión de un sentimiento de agradecimiento. Es reconocer “el tiempo bendecido por el cielo” como escribe Beckett. Ya dentro de la catástrofe que es la vida de la pareja en el proceso irremediable hacia la muerte, reconoce que el amor ha sido un elemento estructurante en su vida y que este mismo amor acentúa la catástrofe y quizá la hace más difícil de soportar, lo que lleva a que el espectador comprenda la acción extrema del marido como acto final.

Otro de los aspectos memorables del film de Haneke es la presencia de los cuerpos envejecidos de los intérpretes de “Amor”. Vemos una vejez real, unos cuerpos que parecen no necesitar interpretar para mostrarse cansados. Sentimos el peso del cuerpo al tomar asiento y al incorporarse, los movimientos torpes, reales e irrepetibles. Reseñable la escena del baño donde el cuerpo desnudo y envejecido de la protagonista se muestra con la distancia y el pudor debidos y acogiendo así la mirada afectuosa del marido y también la nuestra como espectadores. Esta distancia respetuosa permite un lugar donde la emoción ocurre. “Desconocida la vergüenza, desaparece el amor” señala González Taboas.

Me viene a la memoria Los días felices de Samuel Beckett que cuenta también la historia de una vieja pareja y de la duración obstinada del amor. A pesar de la ruina de los cuerpos, él arrastrándose por el suelo en la escena, ella a punto de caer y todo destrozado, ella dice:

– Qué días tan felices han sido.

El fin de la vida es amargo pero hay que morir inspirando amor (si se puede), dice Joseph Joubert.

Txaro Fontalba

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