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carta madrina

Querido Enrique,

El ansia de leerte me está matando. Corro como alma que lleva el diablo cada vez que llaman a la puerta. Esta avidez de letras que me provoca la espera de tus palabras me altera y me agita hasta la extenuación.

Tu última carta llegó hace ya una semana. Abracé al cartero, que entre ruborizado y atónito no acertó a evitar que se la arrebatara de las manos. Una vez en la habitación a duras penas atiné a correr el cerrojo. Apoyada la espalda contra la puerta, reí, por la vergüenza de mi actuación y de pura excitación. Tomé aire y me tumbé sobre la cama; abrí con extrema suavidad el sobre y te leí: desde entonces no he podido dormir.

Te habrá sorprendido la tardanza de mi contestación, pero debes entender que el contenido de esas hojas me paralizó durante días. Han pasado varios meses y mucha correspondencia desde que nos escribimos pero sé, los dos sabemos, que con tus últimas palabras todo ha cambiado.

“Soldado sin familia desea una madrina para mantener correspondencia confortante”, apuntaba tu anuncio en el Avance. Mis hermanas me animaron a emularlas y hacer de madrina de guerra para animar a nuestros soldados en el frente. Durante semanas rebusqué entre los cientos de anuncios, pero todos me resultaban cursis o soeces, o una mezcla bochornosa de ambas cosas. Hasta que un día me topé con ese anuncio breve, conciso y sin florituras. Ninguna expresión tipo nostalgia, limosnita de cariño, comprensión o mujer de buen corazón. Era directo, y a la vez tan escueto que provocó en mí la irremediable curiosidad que me llevó a escribirte por primera vez.

El diálogo inicial, políticamente correcto, se transformó con rapidez en confesiones de remordimiento, preocupación y miedo, dentro de una incomprensión rabiosa por esta guerra. Nuestras almas se acercaron. Las cartas volaban tan rápido como esas balas que a veces las impedían llegar a tiempo, y enseguida pasé a sentirte tan cercano como a un amigo de toda la vida.

Ahora todo ha cambiado; tu última carta, en la que relatas con minuciosidad tus planes, me ha sacudido. ¿Qué responder? Ningún hombre se había dirigido jamás a mí en esos términos. Y sí, agradezco tu honestidad, pero me sitúas en una difícil posición. ¿Quiero que vengas a verme durante tu permiso? Por supuesto; me enfadaría si no lo hicieras… Son el resto de tus propuestas las que me abruman, me ruborizan y sí, te seré franca como siempre lo he sido: me excitan de una manera deliciosamente vibrante que jamás hubiera imaginado. Después de horas y días de ensimismamiento e insomnio en los que la culpa me ha llevado a santiguarme cada cinco minutos, me he dejado llegar a la siguiente conclusión.

Iré a la estación, como te he dicho. Imagino que los nervios me impedirán ser natural; debes entenderlo, nunca me he visto en este escenario. Dices en tu carta que tú también sientes miedos y temores. Entiendo lo que te preocupa, pero puedes estar tranquilo; hablas de la posibilidad de involucrarme en estos vicios, debiendo luego volver al frente. No debes preocuparte: ya me has agitado con tu carta incandescente; lo único que puedes hacer ahora es calmar el estremecimiento licencioso que has plantado en mí.

Te daré mi mano y dejaré que me guíes hasta la pensión. Tal y como me encargaste he encontrado dos cerca de la estación. No me he atrevido a entrar en ninguna, pero he podido ver, desde la acera de enfrente, que del portal de una de ellas salen estudiantes; serán sus huéspedes, supongo. Del portal contiguo, sin embargo, el que muestra un cartel más discreto, salen y entran mujeres de dudosa reputación asidas de los brazos de decenas de hombres. Tras mucho pensar he decidido que vayamos a la segunda. No quiero que nadie me reconozca, y mucho me temo que alguno de esos estudiantes pueda ser alumno del liceo y reconocerme.

Tendré que robar a mi hermana mayor sus medias; las esconderé dos días antes para que no pueda usarlas, y el día de tu llegada me colaré en los servicios de la estación para ponérmelas en lugar de los gruesos calcetines de mi uniforme. Aprovecharé para coger su carmín. Quiero dejar huellas en esos delicados labios que sonríen desde tu fotografía, en tu cuello, tus hombros, y en todo aquel rincón que en tu carta me ruegas que acaricie. No quiero saber quién ha estado antes en esos sitios, o lo que has hecho con tu boca o con tu sexo. Tus palabras claramente dejan ver que tienes un pasado experimentado, pero no quiero ponerme celosa. Solo espero que utilices todo lo aprendido para enseñarme una y otra vez, solo a mí.

Por mi parte, he decidido abrirme a tus planes. En el camino a la pensión pondré mi oído para que le susurres todo lo que vas a hacer con esas manos, hasta que vuelva a humedecerme como lo hice con tus letras. Seguiré escuchando todas tus indicaciones, y pondré mis dedos allá donde me digas. Los cerraré lentamente sobre tu sexo y sentiré cómo te vuelvo loco. Luego yaceré en la cama y dejaré que me desvistas; puedes quitarme toda la ropa, incluso las bragas, pero te ruego que me dejes la falda del uniforme puesta.  Es horrible, de un azul feo y una tela gruesa, pero es lo único que te pido. Nunca he estado completamente desnuda delante de nadie. Pondré el resto de mi cuerpo al alcance de tu lengua y te dejaré morderme, espero que sin dolor, tal y como prometes. El dolor y yo no somos buenos amigos. Tengo el cuerpo lleno de marcas por la cantidad de veces que me caí jugando de niña; pero no hay forma, no me acostumbro a sufrir. Así que espero que me trates con mucho cuidado; sé que lo harás.

Sueño con tu cuerpo sobre el mío, y con abrazarnos lo que quede de tarde mientras nos contamos todo lo que nos hemos escrito.

Te espero,

Lucía

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