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El pasado 5 de diciembre murió el arquitecto Oscar Niemeyer con casi 105 años de edad. Dijo que le gustaría ser recordado en las enciclopedias con una frase corta: “Niemeyer, Oscar: brasileño, arquitecto; vivió entre amigos, creyó en el futuro”.

“Lo importante es ser fraterno” solía repetir.

Cuando en 1960 se inauguró Brasilia –la Unesco en 1987 la declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad–, Niemeyer contaba que “construir una ciudad ha sido fantástico. Pero luego el sueño se acabó, precisamente en el día de la inauguración. No subí al palco de las autoridades: me quedé abajo, con los peones que habían trabajado para construir una ciudad donde no podrían vivir. El mundo soñado era imposible. Dejábamos de ser iguales”.

“La vida es un soplo. Todo acaba. Me dicen que después que yo muera, otras personas verán mi obra. Pero esas personas también morirán. Y vendrán otras, que también se irán. La inmortalidad es una fantasía, una manera de olvidar la realidad. Lo que importa, mientras estamos aquí, es la vida, la gente. Abrazar a los amigos, vivir feliz. Cambiar el mundo. Y nada más.”

“Soy un ser humano insignificante. Basta mirar al cielo para sentir que somos muy pequeños. Creo que el ser humano debería ser más sencillo, más modesto. Sentir placer en ayudar al otro. Sentir placer de participar en la lucha por un mundo mejor, más justo, sin miseria, sin competitividad.”

“La arquitectura es una cuestión de sueños y fantasías, de curvas generosas y de espacios amplios y abiertos.”

“Cuando la vida se degrada y la esperanza huye del corazón de los hombres, la revolución es el camino a seguir.”

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