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Caliente, pensó al descubrir a aquella morena desconocida mordiéndose los labios bajo la lluvia de confeti. Sintió entonces que todo el montaje al que le había empujado su amiga, con sus gastos y sus horas de preparación, habrían valido la pena si llegaba a conocer a esa chica de aspecto salvaje, sexy y con algo de loca.  Porque locura era la única explicación que se le ocurría para aquella mirada que ella llevaba manteniéndole durante media hora, inamovible y constante. Locura o hambre. En ese momento la segunda opción resultaba descabellada. Ahora sabe que era la correcta; también sabe que no debe volver a sobrestimar su capacidad para reconocer a una mujer. Ahora tiene miedo.

Ilustración de Fermín Urdánoz
 

“La situación es la siguiente”, ella se acercó y le dijo al oído. “Tú y yo podemos dejarnos guiar por este instinto que nos empuja al uno contra al otro, o hacer como que nada está pasando y volver a sumirnos en la comodidad de esta fiesta. Bastante aburrida, por cierto”.

Pasados unos segundos él intentó balbucear alguna respuesta pero ella evitó su ridículo. “Escúchame.” El notó la nariz respingona tras el lóbulo de su oreja y cómo ella aprovechaba el momento para olerlo. “No te hablo de un acto vulgar entre dos desconocidos. Podemos conseguir algo glorioso, lo sé. Si tú intuyes lo mismo házmelo saber. Me quedaré cuando todos se hayan ido.”

Ese discurso reafirmó su teoría de la locura; la locura del que parece no tener nada que perder o de quien se sabe inmune a la pérdida de lo que posee. Siguió intentando analizarla tras arrastrarse a la cocina y quedarse inmóvil de pie frente a unos fuegos de cocina salpicados de confeti. “Loca, está loca.” Sus dedos hurgaban en las rendijas de la encimera de madera, llenas de celulosa coloreada y migas de pan entremezclados. Cerró los ojos, tomó aire, y para evitar dejar pasar una experiencia tan insólita e irresistible que poder contar y recordar, se insufló algún gramo de valentía y volvió al salón. La miró sin parpadear, directamente a los ojos. Ella le devolvió una mirada negra. Él adivinó en esa negrura la oscuridad del río que absorbe al suicida, y a pesar de que su razón insistía en que parara de moverse, su cuerpo continuó andando, dispuesto a lanzarse al vacío. Sus piernas comenzaron a temblar. Una vez a su lado susurró de manera entrecortada lo que pretendía ser un mandato categórico: “Quédate”. Sin embargo al decirlo sintió que acababa de acatar un destino extraño.

Ella se quedó. Una vez a solas lo hizo suyo. Saltó sobre él como él había oído que las mujeres saltan cuando se convierten en fieras, justo antes de engullir a sus presas. Después de darle todos los orgasmos que pudo –menos de los que ella le pidió-  se sintió tan utilizado como irresistible. Con la excusa de un vaso de agua consiguió llegar hasta la cocina.

Y ahí está ahora, petrificado frente a los mismos confetis y serpentinas sobre las placas de cocina. Vuelve a hurgar entre las maderas mientras su cabeza salta convulsamente del orgullo por haber provocado esos aullidos a la autocompasión por verse como un miembro con piernas. Intenta dejar de pensar y los sentimientos le pueden. Llega a la conclusión de que sólo quiere volver a ella y abrazarla, a riesgo de las consecuencias que eso conlleve. Pide ayuda a dios para enfrentarse a las exigencias de su habitación, y se acerca a la cama dispuesto a recibir más arañazos y mordiscos.

Se mete bajo las sábanas, se cubre con ellas y se ovilla en un rincón. Ella lo abraza, le besa, le desea felices sueños y deja caer sus párpados en varias etapas hasta que las pestañas cubren parte de su rostro. Él entonces se relaja; se siente el hombre más afortunado del mundo y sonríe al creer, ingenuamente, haber conseguido dominarla. Caen dormidos.

Relato publicado en “Benditas Bacantes“.

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