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El País. 2008/04/29

“Acabas de cumplir 82 años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de 45 kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 años que vivimos juntos y te amo más que nunca”. Así comienza la maravillosa carta en forma de libro que el filósofo y periodista André Gorz escribe a su mujer, Dorine, pocos meses antes de que los dos apareciesen muertos en su casita de Vosnon, en Francia. No hubo dudas de que se trató de un suicidio compartido: ante la enfermedad terminal y los sufrimientos de ella, decidieron poner punto final a sus vidas.

Carta a D. (que acaba de publicar Paidós en su nueva colección El arco de Ulises) es la historia de un amor que duró casi seis décadas entre el precursor de la ecología política André Gorz y su principal cómplice personal e intelectual durante este recorrido, su mujer Dorine. Ahora que se conmemoran los primeros 40 años de Mayo del 68, conviene no olvidar a uno de los hombres que con su pensamiento precedió a estos acontecimientos y estableció una relación dialéctica con esa revolución que muchos miembros de una generación quisieron tanto.

Judío austriaco, nacido en 1923, Gorz perteneció a la cultura francesa, primero desde Lausana (donde conoció a la inglesita que será su amor toda la vida) y sobre todo desde París, donde cofundó (con Jean Daniel) el semanario Le Nouvel Observateur y frecuentó la familia filosófica de Les Temps Modernes, con Sartre y Simone de Beauvoir -El Castor- al frente.

Su vida intelectual se dividió en dos partes; en la primera, más periodista que filósofo, dedicaba todas sus esfuerzos al primer oficio, y sólo las noches y los fines de semana al ensayo. Comenzó haciendo la revista de prensa internacional de un vespertino de la capital francesa, Paris-Presse; a partir de ese momento y durante las siguientes tres décadas, toda la documentación de sus artículos se la preparó Dorine, generando un fortísimo grado de dependencia de ella.

A los 60 años, detectada ya la espantosa enfermedad degenerativa de su mujer, que conllevaba unas terribles y progresivas migrañas para las que no había solución médica, Gorz decide jubilarse y atenderla. Ésta es una de las partes más bellas del libro: “Me pregunté qué era lo accidental a lo que debía renunciar para concentrarme en lo esencial”. Además, había llegado a la conclusión de que para entender con la profundidad del ensayista el alcance de las conmociones que se anunciaban en todos los ámbitos (faltaba poco tiempo para que cayera el muro de Berlín), necesitaba más espacio y tiempo de reflexión del que permite el ejercicio del periodismo con dedicación exclusiva.

Gorz pasó los últimos 23 años de su vida trabajando fuera de Le Nouvel Observateur (“Me sorprendió que mi salida de la revista no fuera penosa ni para mí ni para los otros”, dice en una excelente cura de humildad), acompañando a D. en su enfermedad.

En ese tiempo publicó seis libros y centenares de artículos (muchos de ellos en EL PAÍS, sobre todo en el suplemento Temas de nuestra época), en los que está reunido su principal corpus teórico: las formas y los objetivos clásicos de la lucha de clases no podían cambiar la sociedad, luego la lógica sindical ha de desplazarse hacia otros territorios; la carrera del crecimiento económico implica multitud de catástrofes que pondrán en peligro la vida humana; la producción no está a nuestro servicio, sino que nosotros estamos al servicio de la producción.

Carta a D. es la historia de una complicidad que recorre buena parte del siglo XX, y también un ajuste de cuentas del autor consigo mismo. Gorz y D. eran conscientes de que les unía “un vínculo invisible”, basado en la experiencia de la inseguridad: su lugar en el mundo no está garantizado y sólo tendrán lo que logren hacer. Su universo es precario y en este sentido recuerdan un poco a la experiencia de otro judío austriaco universal de medio siglo antes, Stefan Zweig, que también se suicidó con su esposa, aunque por otros motivos (desesperados por el avance de la peste parda del nazismo).

“Seremos lo que hagamos juntos”, le dice André a D., que se enfrentan a lo que pasa a su alrededor desde diferentes posiciones: el filósofo y periodista, desde las grandes construcciones teóricas, que necesitaba para orientarse en el mundo intelectual aunque fuese para cuestionarlas; Dorine no precisa esas prótesis psíquicas que son las doctrinas y sistemas de pensamiento, sino que entiende que sin las intuiciones y los afectos no puede haber inteligencia ni sentido. Cabeza y corazón.

El ajuste de cuentas llega en forma de arrepentimiento, cuando se da cuenta de que entre lo que piensa y practica y su vida personal hay una distancia que no ha recorrido con su compañera: “¿Por qué estás tan poco presente en lo que he escrito si nuestra unión ha sido lo más importante de mi vida?”. Gorz cae en el prestigio intelectual del fracaso cuando valora que su enamoramiento de Dorine, su vida en común y su apoyo intelectual son demasiado banales, demasiado privados, demasiado comunes: no eran temas apropiados para permitirle acceder a lo universal. “Me sentía cómodo en la estrategia del fracaso y la aniquilación, no en la de la afirmación y el éxito”. Sólo un amor naufragado, imposible, concedía nobleza literaria.

Gorz se consideraba ante todo un escritor. Y a reflexionar sobre la escritura dedica otra parte de este precioso libro, publicado en una cuidadosísima edición. La primera meta de alguien que no puede vivir sin escribir no es lo que escribe; su verdadera necesidad es escribir. Escribir, o sea, ausentarse del mundo y de sí mismo para convertirlo en materia de elaboración literaria. Sólo de modo secundario se plantea la cuestión del tema tratado; el tema es la condición necesaria, necesariamente contingente, de la producción del escritor. Cualquier tema es bueno si permite escribir: el escribiente se convierte en escritor cuando su necesidad de escribir se apoya en un tema que permite y exige que esta necesidad se organice como proyecto.

La Carta a D. termina como empezó. Como una reivindicación del amor. Merece reproducir su último párrafo, de extraordinaria calidad literaria, pleno de una melancolía a la que el autor está dispuesto a poner pronto remedio con la muerte compartida. No le añadamos ni una coma y leámoslo sin respirar: “Recién acabas de cumplir 82 años. Y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 que vivimos juntos y te amo más que nunca. Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que sólo sacia tu cuerpo apretado contra el mío. Por la noche veo la silueta de un hombre que, en una carretera vacía y en un paisaje desierto, camina detrás de un coche fúnebre. Es a ti a quien lleva esa carroza. No quiero asistir a tu incineración; no quiero recibir un frasco con tus cenizas. Oigo la voz de Kathleen Ferrier que canta Die Welt ist leer, Ich will nicht leben mehr [El mundo está vacío, no quiero vivir más] y me despierto. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos”.

JOAQUÍN ESTEFANÍA

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