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¿Qué es lo que hace la carta de amor, el mensaje escrito de amor, tan único e insustituible?

Es la manera de expresar un deseo, ponerlo en palabras y fijar éstas por escrito. Es dejar fluir o indagar pero en todo caso expresar de manera concreta y precisa, ya que la palabra escrita adquiere otro horizonte que la hablada.

Solo la carta, en su defecto sms, Twitter, etc., facilita el plasmar pensamientos, sentimientos, sin la posibilidad de rectificar, añadir o recortar, una vez enviada. Lo escrito, escrito queda y así llega.

A la vez, el recibir una misiva por escrito nos posibilita tenerla, guardarla y reflexionarla. Nos da el tiempo necesario para imaginar, interpretar, saborear, amplificar, fantasear y redondear. Podemos extraer cada palabra, levantarla, mirarla, darle vueltas y volver a ponerla, en su sitio o en otro.

Podemos, si el caso, inventarnos el posible remitente, dotarlo de todo tipo de cualidades, sentimientos, sensibilidades o quitárselos. Podemos crear un mundo entero aparte de las palabras escritas de una persona conocida o desconocida.

No importa tanto el otro como yo. Mi (pre)disposición a creer, no creer, imaginar, aceptar, llenar con sentido y llevar en una dirección.

El deseo de que me vean, me descubran, que aprecien en mi algo que ni yo sospechaba tener o que creía escondido, invisible o inasequible incluso para mí.

Por ello, me vale aún una carta no dirigida a mí. Porque en mi imaginación, en mi deseo, podría serlo.

Así la carta, la misiva de amor, me facilita como pocas otras cosas quererme a mi misma, a través de los ojos, hechos palabras, del otro. Constituye el espejo que me permite verme.

La palabra escrita facilita expresar lo que no se puede decir – porque es lenta, perdura e invita a encontrar su reflejo en nuestra imaginación.

Ver “Experimento”

Enamorarme de una carta de amor – 1ª parte

Claudia

 

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