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A la atención de Su Majestad el Rey Alfonso XIII

Mi Excelentísimo, Mi Señor, Mi Patrón, Mi Amo,

Su Majestad me honró hace años al elegirme entre todas mis compañeras para representar el papel de Lola en Su primera incursión dentro del mundo del cine carnal. Desde entonces he tenido el placer de colaborar en todos Sus asombrosos proyectos cinematográficos, y con gran gozo he aportado mi sudor y mi trabajo. Por todo esto entiendo que Su Majestad conoce de mi persona y ya a estas alturas habrá caído en la cuenta de quién soy. No obstante me permito enviarle adjunta una fotografía para la que el Conde de Romanones insistió que posara; de esta forma no quedará duda alguna sobre quién soy.

Se preguntará cómo una mujer como yo, plebeya de vida disoluta, osa dirigirse a Su Majestad. Sepa ante todo que he tenido el máximo cuidado con la manera de hacerle llegar hacer esta misiva, y que nadie jamás tendrá conocimiento de ella. He tardado meses en decidirme a escribirla y en urdir la forma de que usted llegara a leerla. Así que ahora solo espero que le parezca lo suficientemente merecedora de su atención.

El objeto de estas letras que con temblor escribo no es sino el de desvelar mi total fascinación hacia Usted. Necesito ofrecerle un presente como evidencia de cuánto le admiro, le venero, le sueño y -Dios permita que comprenda mi irremediablemente honesta prosa- le amo. Porque este calor con el que la sangre enrojece mis mejillas siempre que Su Majestad aparece en plató no es sino amor. Esos gritos de placer con los que me entrego a las más sucias escenas no son para nadie sino para Usted. Mi disposición para rodar cualquier acto que Su Majestad tan  ocurrentemente propone existe por esta voluntad de rendirle pleitesía y hacerle feliz. Porque ese es mi  único objetivo en esta vida, Majestad. Aportar mi cuerpo para posibilitarle una felicidad mayor. Regalarme a Usted. Dejarle hacer conmigo lo que quiera. Hacerle lo que desee. Cuando lo necesite.

Soy perfectamente consciente de las dolorosas diferencias que nos separan, por eso no Le pido más que convertirme en su humilde cortesana, como aquellas de las que disfrutaban en antaño los monarcas, aquellas que usted más que nadie se merece. Todo lo que puedo hacer por usted es entretener Su tiempo de la manera que Usted con tanto ahínco sabe saborear y que yo tan bien domino. ¿Por qué limitarse a plasmar Sus fantasías en celuloide cuando puede también llevarlas a cabo en vida, en tacto, en flujos y en aromas?

En el loco deseo de poder ver cumplidas estas sublimes expectativas quedo a Su entera disposición, en el sentido más estricto de estas palabras.

Su humilde sierva carnal,

Victoria Tomás

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